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La actual es la cuarta sede de la Academia. Todas lo han sido de titularidad municipal. En el inicio de su actividad estuvo en la calle Larga nº 60. En ella permaneció hasta el Curso 1909-1910 que ya se hizo en el Convento de Santo Domingo –en el nº 23 de la calle de su nombre- y actual Instituto de E. S. Santo Domingo. El Curso 1955-1956 ya se desarrolló en la tercera sede, también en la calle Santo Domingo nº 29 y colindante con el Instituto citado. Y entramos en la actual y cuarta sede de la Academia, situada en la calle Pagador nº 1, a la que se accede por acuerdo del pleno del Exmo. Ayuntamiento de El Puerto de fecha 28 de febrero de 1973. Para recrear la historia del edificio vamos a transcribir la última parte del muy interesante y documentado trabajo, efectuado por D. Francisco González Luque, Licenciado en Historia del Arte, Catedrático del I. E. S. “Juan Lara”, y que fue publicado en “Pliegos de la Academia”, 2ª época – año 2003 – nº 3 y su continuidad en el nº 4 de la citada publicación de la Academia: Los primitivos propietarios de la cada en el siglo XVIII A la hora de aproximar nuestro estudio a esbozar una historia de este edificio deberemos remontarnos a las noticias más antiguas que hayamos podido recopilar de él. Y comenzaremos por clarar el título con el que ha pasado a ser conocido. En algunas citas se afirma que el origen de esta casa proviene de una acaudalada familia de origen italiano, concretamente veneciano, los marqueses de la Candia, quienes darían nombre al inmueble tal como se conoce actualmente, aunque según nuestro modesto entender, no es el apropiado, pues éstos serán los propietarios en época ya muy avanzada del edificio (unos 150 años desde que se levantó o reformó) Cuando investigamos acerca de los primitivos propietarios de la casa que estudiamos nos encontramos que en los padrones conservados en el Archivo Municipal de El Puerto de Santa María se distingue entre las fincas numeradas y ocupadas desde el siglo XVIII con los actuales números 1 y 3 de la calle Pagador. José Ignacio Buhigas Cabrera y José M. Martín Barbadillo, entre otros investigadores, han ido desentrañando la confusa relación de vecinos de las mismas y han llegado a la conclusión de que ambas casas existen, al menos, desde la primera década del siglo XVIII. Según los padrones de población de los siglos XVIII y XIX conservados en el Archivo Municipal de El Puerto, la relación de propietarios e inquilinos de estas casas, facilitada por Buhigas Cabrera, aparece en el Anexo final. Aunque el aspecto actual de la casa (al menos de los elementos artísticos más importantes de la misma, como son la fachada, el patio y la escalera) obedece al último cuarto del s. XVIII, consta su existencia desde mucho antes, al menos desde la primera década de esta centuria. En primer lugar haremos alguna consideración acerca de los que suponemos serían sus originarios propietarios o unos de los primeros que vivieron en ella. No pertenecen estrictamente al estamento nobiliario, ni son ricos y ennoblecidos Cargadores a Indias. Porque no sólo la alta aristocracia disponía de rentas suficientes para invertir en la construcción de inmuebles. Se trata de la familia de los Enciso, quienes aparecen relacionados con este edificio ya en la segunda década del s. XVIII (y suponemos que siguen siendo propietarios hasta bien avanzada la centuria, como más adelante comprobaremos). El primero que aparece documentado en el padrón de esa época es Diego Enciso (entre 1709 y 1719), pasando la casa a sus herederos (Jerónimo Enciso, calificado como “noble” ya en los documentos oficiales, la habita a partir de entonces). También consta que otros Enciso (Juan y Violante y Francisco) ocuparon la casa nº 3 de la calle Pagador, lindante con aquélla. A lo largo de la documentación consultada, los miembros de esta familia figuran con los calificativos de “notorio” y “noble”. Sabemos que el primero es abreviatura de “hidalgo notorio”, sinónimo a veces de “hidalgo” e “hijodalgo”, usados para referirse a miembros pertenecientes al estamento nobiliario como primer y más antiguo grado de nobleza pero, realmente, el considerado escalón inferior y más numeroso de este estamento. El disfrute de sus privilegios tenía ventajas como exención de impuestos o tribunales especiales. Del año 1758 data un expediente que incluye “Información de la naturaleza e hidalguía de D. Vicente Mª de Enciso”, fechado el 5 de mayo de 1664. Esta se refiere a una certificación del “cura” (así se especifica) de la Prioral acerca de la partida de bautismo de Diego Teodoro Mateo, hijo de D. Jerónimo de enciso y de Doña Violante Gutiérrez Pereyra, según la cual éste nació el 20 de abril de 1664, siendo su padrino el Capitán D. Mateo Dávila, Caballero de la Orden de Santiago. En dicho expediente figura también una relación de servicios del Sargento mayor D. Jerónimo Enziso Bravo y Cossio (1750), donde consta sus 28 en el ejército como alférez, teniente y sargento, las expediciones a Nápoles y Sicilia, etc. Asimismo se nos informa del parentesco de Vicente Mª de Enciso y Ascarza. Más adelante se citan los antepasados paternos y maternos todos con títulos y rangos probados, considerados “caballeros notorios hijosdalgos conocidos, tenidos y tratados por tales en esta ciudad por cuya razón obtuvieron empleos honoríficos de ella”. Finalmente se les califica como “nobles caballeros hijosdalgos de sangre”, “familias de caudal” y otras distinciones. El citado expediente presenta también partida de bautismo y testimonio que acreditan su “legitimidad, naturaleza y noble calidad” (fechado el 3 de marzo de 1758). Por si todo esto no fuera suficiente para probar tal rango y distinción social, se conservan las declaraciones de otros testigos reconociendo que estas pruebas presentadas son auténticas, que sus ascendientes “son y fueron de sangre ilustre y noble, limpios y exentos de toda infección (…), tenidos y reputados por familia esclarecida y de primera estimación y distinción, con empleos honoríficos”. La presentación de estos argumentos y la insistencia en acreditar dicha condición estaban relacionadas con la pretensión de que se les privase del pago de determinados impuestos, o más concretamente, de la devolución de la “blanca de carne”, distintivo que en esta ciudad, como en muchas otras, tenían los hijosdalgos. Otras dos familias de gran prestigio local ocuparán la casa en el último cuarto del siglo XVIII. En este caso ambas tienen en común pertenecer a una misma condición social y cargo público envidiables en estos últimos coletazos del Antiguo Régimen: Álvarez Pimentel y Añino son regidores de la ciudad. Por lo que respecta al primero, Don claudio Álvarez Pimentel era propietario de la finca entre 1771 y 1794. Fue regidor tras la renuncia y cesión de su padre José Álvarez Pimentel, abogado, entre los años 1760 y 1781, pasando el cargo tras su muerte a su hermano José Pablo por no tener descendencia. Debió ser este el propietario que encargara las reformas de la casa que estamos estudiando, pues la fecha inscrita en su fachada (1782) se corresponde con los años en que fue habitada por éste y su familia durante el último cuarto del s. XVIII. A fines de esta centuria estos edificios aparecen habitados por Juan Mª Añino, propietario de las casas 1 y 3 de la calle Pagador. El padrón de 1797 aporta muchos más datos que en otras fechas. Por ejemplo, sabemos que la casa estaba ocupada ese año por D. Juan Mª Añino, del cual se aporta información relacionada con él y todos los habitantes de la casa en esa época. Sabemos sus orígenes (“natural de El Puerto”), edad (“de 45 años”), profesión (“comerciante”), estado civil (“casado con Mª de los ángeles Vicuña, natural de Cádiz, de 46 años”) y descendencia (sus hijos Manuela, de 12 años y Juan de 6). También detalla el número y los nombres de cuantos sirvientes convivían con la familia. Además, poseemos información acerca de este regidor gracias al estudio del profesor e investigador González Beltrán, quien lo consigna con el nº 9 en la relación de cargos y regidurías perpetuas del cabildo municipal portuense entre 1731 y 1808. Nos comenta que el cargo fue comprado por D. Juan Mª Añino Ledesma en 1794 por 22.000 reales a D. José Miranda, quien, aunque residió en El Puerto, no llegó a desempeñar el oficio. González Beltrán comenta que fue un “notario castrense que logró reunir en pocos años un destacado patrimonio valorado en 1.300.000 reales”. La casa durante los siglos XIX y XX A lo largo de los dos últimos siglos este edificio también ha sido escenario doméstico de la presencia de varias familias que la han ocupado tras sucesivas herencias y/o ventas. Del rastreo en los padrones del siglo XIX, cuya relación aparece expuesta en el anexo final, nos interesa destacar la presencia en ella de comerciantes y notarios, aunque no nos extenderemos en detallar aspectos biográficos o profesionales de los propietarios de esta época. Sí podemos hacer referencia al nombre que la calle Pagador ha tenido durante casi un siglo y con el que aún hoy es conocida por muchos portuenses. Nos referimos a “Doctor Palou”, denominación que mantuvo entre 1895 y 1979, debida al hijo de uno de los propietarios (¿o inquilinos?) de la finca nº 3, lindante con el palacio de los marqueses de la Candia, José Palou, “escribano público” que la habitó entre 1828 y 1840. Su hijo Eduardo Palou Flores, fue un eminente personaje de la segunda mitad del siglo XIX a quien el Ayuntamiento dedicó este céntrica vía urbana. Nos parece más relevante, en cambio, apuntar algunas cuestiones referentes a la evolución de este edificio durante el siglo XX. Por ejemplo, el nombre o título que resulta más familiar (Palacio de la Marquesa de Candia, con el que aún hoy se le conoce, como ya hemos indicado) proviene del primer tercio de dicha centuria, cuando una hijo de Tomás Osborne, propietario ya desde comienzos de ésta, lo hereda. Elisa Osborne Vázquez casa con Antonio Cólogan Zulueta, quienes con sus descendientes habitarán la finca a partir de los años treinta. El marquesado pertenecía a él, pero al fallecer en 1935 el título femenino heredado por su viuda dará nombre a esta mansión. Igualmente nos parece interesante dar a conocer la documentación de los años 70 relativa a la permuta de esta casa por otra de propiedad municipal en la plaza del Polvorista, germen de la transformación de la misma en cuanto a función y usos en las actuales sedes del Museo Municipal y la Academia de Bellas Artes “Santa Cecilia”. Se conservan en el Archivo Municipal los documentos que refieren dicha circunstancia y que trataremos de resumir. Cumpliendo el acuerdo adoptado en pleno el 24 de noviembre de 1971, mediante el cual se aprueba la permuta de esa finca por otra de propiedad municipal situada en la Plaza del Polvorista nº 3, con fecha 2 de diciembre de 1971, un oficio del alcalde al arquitecto municipal del Ayuntamiento de El Puerto solicita plano de situación de ambas fincas, certificaciones de valoración y de linderos y superficies de ellas. El 22 de diciembre de ese año el arquitecto (D. Félix Campos-Guereta León) remite desde el negociado de “Vías y Obras” (Reg. Gral., nº 2.064) otro oficio al Alcalde con dichos certificados y planos de situación. Al año siguiente se remiten esos documentos que incluyen descripción de emplazamiento, medidas y valoración económica. En otro expediente (nº 9) se encuentra la documentación de permuta de esta finca por la casa de la plaza del Polvorista nº 3. Quizá el documento de mayor trascendencia para esta institución cultural sea el Acta de la Academia de Bellas Artes (fechada el 20 de octubre de 1971) en cuya sesión celebrada el 15 de octubre, presidida por D. Eligio Pastor, se propone solicitar dicha permuta para que dicha institución convierta esta casa (“que perteneció a los anteriores marqueses de la Candia”) en su nueva y definitiva sede, con la intención de “evitar la demolición y consiguiente pérdida de la fachada (…), de tan acusados caracteres portuenses y que tanto ennoblece el conjunto arquitectónico de la Plaza de España conde está enclavada”. La comisión municipal, el 25 de octubre de 1971 considera por unanimidad su disposición a realizar dicha permuta, “si por el señor Cólogan Osborne no hubiera inconveniente en efectuar el cambio de las casas”, y aclarando que “sin ninguna aportación económica por parte de este Ayuntamiento”. A continuación aparece la solicitud que D. Antonio Cólogan dirige al Alcalde aceptando dicha propuesta de la Academia (17-XI-71) y el consiguiente decreto del Ayuntamiento dando su conformidad a este escrito para iniciar los trámites y proceder a la permuta de dichas fincas (22-XI-71). El acuerdo del pleno del Ayuntamiento fechado el 28 de febrero de 1973 reconoce, finalmente, la cesión gratuita de esta casa de propiedad municipal a la Academia de Bellas Artes, en concepto de precario. Pero hasta el 30 de marzo de ese año no se firma el contrato de cesión entre el Alcalde (Fernando T. de Terry y Galarza) y el presidente de la misma (D. Eligio Pastor Nimo). Las cláusulas tienen en cuenta los fines de la institución (“para que en ella se continúen las enseñanzas de las artes, música, dibujo, pintura, bordado y cualquier otra disciplina calificada en el grupo de las bellas artes”) y comprometen a la Academia a no destinar el edificio a otro fin que el señalado. También se reconoce en este contrato que los gastos relativos a su conservación, arbitrios, impuestos y cargas fiscales corren a cargo del Ayuntamiento, así como que deberá notificarse a éste y solicitar su permiso para la ejecución de futuras obras en la estructura de la finca. También se recoge en este expediente del Archivo Municipal una valoración del patio del fondo, acompañada de la planta del mismo, por el arquitecto municipal fechado el 27 de junio de 1974. Patio que linda con las casas contiguas de la Plaza de España y San Bartolomé. El resto de la historia de este edificio pertenece más bien al presente, por lo que no creemos significativo hacer hincapié desde estas páginas en estos últimos años del mismo. Si acaso, finalizar con el deseo de que las instalaciones de ambas instituciones, que tantos beneficios aportan a los servicios educativos y culturales de la ciudad, se mantengan en perfecto uso con las convenientes mejoras en su estado de conservación. |
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